El diseño invisible del deseo



Hay una idea a la que vuelvo cada tanto porque todavía no sé bien qué hacer con ella.
Muchos de los rasgos que asociamos con lo masculino no aparecieron solamente porque ayudaban a sobrevivir. También sobrevivieron porque, durante una cantidad absurda de generaciones, ayudaban a ser elegido.
Parece una diferencia chica, pero cambia bastante la forma de mirar el asunto. La fuerza, el tamaño, la tendencia a competir o esa necesidad tan masculina de demostrar valor no habrían sido moldeadas únicamente por otros hombres. También fueron respondiendo, generación tras generación, a aquello que las mujeres preferían.
Y ahí aparece una pregunta que me incomoda: ¿cuánto del hombre actual fue diseñado por el deseo femenino?
Sobrevivir no alcanza
Cuando pensamos en evolución, solemos imaginar al animal que corre más rápido, soporta mejor el frío o consigue comida antes que los demás. El que sobrevive transmite sus genes. Es una explicación bastante intuitiva.
Pero sobrevivir no alcanza. Un animal puede vivir muchos años y no dejar descendencia. Desde el punto de vista evolutivo, esa historia termina con él.
Darwin usó la idea de selección sexual para explicar rasgos que parecían difíciles de justificar solo por supervivencia. La cola enorme del pavo real es el ejemplo clásico. Es vistosa, consume energía y hace que escapar sea más difícil. No parece una gran herramienta para seguir vivo. Sin embargo, si esa cola ayuda a ser elegido, puede transmitirse y exagerarse con el paso de las generaciones.
Hay una regla bastante simple detrás de todo esto: el sexo que más invierte físicamente en cada cría suele ser el que elige. El otro suele competir.
El costo empieza incluso antes de la gestación. Un óvulo requiere mucha más energía que un espermatozoide. En los mamíferos, además, la hembra atraviesa el embarazo y después produce leche. Un macho puede volver a reproducirse enseguida. Para una hembra, cada cría implica meses o años de inversión. Una mala elección no les cuesta lo mismo. Por eso las hembras suelen comparar y seleccionar, mientras los machos pelean, se exhiben o intentan llamar su atención. De ahí aparecen físicos tan exagerados como la melena del león, las astas del ciervo o la cola del pavo real.
Lo interesante es que, cuando cambia quién asume el costo, también pueden cambiar los roles. En algunas especies de esta familia, como ciertos caballitos de mar y peces pipa, el macho lleva el embarazo y se convierte en el recurso reproductivo más limitado. Entonces son las hembras las que compiten y los machos los que eligen. La regla no depende de quién es macho o hembra. Depende de quién tiene más para perder con cada reproducción.
Dos maneras de ser elegido
Una forma es ganarle a otros machos. Los ciervos chocan sus astas, algunos primates pelean por jerarquía y, en distintas especies, el tamaño permite controlar territorio o acceso a las hembras. Si los machos más grandes se reproducen más, con el tiempo la diferencia de tamaño entre machos y hembras aumenta.
La otra forma es resultar atractivo. Ahí entran los colores, los cantos, las melenas y todos esos rasgos que parecen un lujo. El pavo real no vence físicamente a la hembra para obligarla a elegirlo. Se muestra. Después ella decide.
Las dos fuerzas pueden actuar al mismo tiempo. Un macho puede tener que imponerse frente a sus competidores y, aun así, no resultar atractivo. También puede ocurrir lo contrario.
Para transmitir sus genes no bastaba con sobrevivir. Había que vencer a otros, resultar atractivo o las dos cosas. Con el tiempo, esa presión cambia una especie.
Y esto no quedó solamente en las astas de los ciervos o en la cola del pavo real. También está escrito en nuestros cuerpos. En promedio, los hombres son entre 7 y 8% más altos que las mujeres y tienen cerca de 90% más fuerza en la parte superior del cuerpo.
Hay algo que me gusta de mirarlo así: podría decirse que los hombres somos así de altos y fuertes, en parte, gracias a las mujeres. No porque ellas hayan decidido conscientemente diseñarnos de esa manera, sino porque sus preferencias fueron dando más oportunidades de reproducirse a ciertos hombres que a otros.
La competencia entre hombres también importó, claro. Pero la elección femenina fue ayudando a definir qué clase de cuerpo masculino llegaba a la siguiente generación. Repetido durante millones de años, ese deseo terminó dejando una marca física en nosotros.
El salto hacia nosotros
Hasta acá la explicación me resulta bastante fácil de seguir. Lo difícil empieza cuando intento traerla al presente.
En muchas dinámicas de pareja todavía aparece un patrón reconocible. Los hombres suelen tomar más la iniciativa, intentar llamar la atención y mostrar por qué deberían ser elegidos. Las mujeres suelen recibir más propuestas y ocupan con mayor frecuencia el lugar de seleccionar. En las aplicaciones de citas esto se vuelve casi una caricatura: muchos hombres compitiendo por la atención de un grupo mucho más reducido de mujeres.
Sería demasiado fácil decir que todo viene de la biología. Entre un pavo real mostrando la cola y una persona usando Tinder hay millones de años de cultura, economía y reglas sociales. Pero también me cuesta creer que esa presión antigua haya desaparecido por completo. Cambiaron los escenarios y cambiaron las cosas que mostramos. Ahora hay cuerpos trabajados, plata, humor, seguridad, sensibilidad, estatus y seguidores.
Seguimos queriendo ser elegidos.
La pregunta que me queda
Hoy hablamos, con razón, de un mundo construido y dominado en gran parte por hombres. Durante siglos controlaron la propiedad, la política, los ejércitos y casi todas las posiciones formales de poder.
Pero hay una pregunta anterior que casi nunca aparece: ¿por qué el hombre desarrolló una tendencia tan fuerte a competir, acumular recursos, asumir riesgos y demostrar que podía imponerse frente a otros?
Si durante millones de años esos rasgos aumentaron las posibilidades de ser elegido, entonces el deseo femenino no fue un simple espectador. Pudo haber sido una de las fuerzas que los premiaron generación tras generación.
Eso no significa que las mujeres hayan "creado" la dominación masculina ni borra la responsabilidad de los hombres. La historia, la cultura y las instituciones importan muchísimo. Pero una vez hecha esa aclaración, el dilema sigue ahí.
El hombre que aprendió a acumular recursos para resultar atractivo también quedó mejor preparado para concentrar poder. La misma disposición a asumir riesgos, imponerse y competir podía servirle después para conquistar o dirigir empresas, ejércitos y países.
Capaz hay una ironía incómoda en todo esto. Las mujeres pudieron haber ayudado a moldear, a través de su deseo, al tipo de hombre que después construyó un mundo donde el poder quedó principalmente en manos masculinas.
¿Y si una parte de la dominación masculina no apareció a pesar del deseo femenino, sino también empujada por él?
Capaz el hombre ideal y el hombre dominante no son dos figuras tan distintas como parecen.
¿Hasta qué punto el mundo de los hombres fue construido por hombres que antes habían sido moldeados por aquello que las mujeres deseaban?
No tengo una respuesta cerrada. Puede que esta conexión explique poco y que la historia explique mucho más. Pero descartarla solo porque incomoda también me parece demasiado fácil.
Desde que me hice esta pregunta, dejé de pensar el deseo como algo privado. Cuando elegimos, mostramos qué nos atrae. Con suficiente tiempo, también podemos cambiar a quienes quieren ser elegidos.